La teoría conductista es una corriente de pensamiento en psicología que se enfoca en el estudio del comportamiento observable y medible, y en cómo este comportamiento es adquirido, modificado y controlado a través de la interacción con el entorno. Se centra en aspectos externos del comportamiento y establece que el aprendizaje ocurre mediante la asociación entre estímulos y respuestas, así como a través del condicionamiento y el refuerzo. Algunos de los principales teóricos conductistas incluyen a Ivan Pavlov (1849-1936), John B. Watson (1878-1958) y B. F. Skinner (1904-1990)
El perro de Pavlov
Pavlov observó que los perros siempre salivaban con la comida. Mediante unos experimentos en los que tocaba una campana cada vez que le ofrecía comida, consiguió que este sonido pasara de ser un estímulo neutro a un estímulo condicionado, de manera que el perro asociaba la campana con la comida, y comenzaba a salivar solo con escuchar el sonido.
Watson y el pequeño Albert
El experimento que realizo Watson, es similar al de Pavlov, con la excepción de que en lugar de trabajar con comida y salivación, se realizó con el objetivo de incitar miedo. Se le presentaba una rata a un bebé de tan solo unos meses, el cual al principio no mostraba ningún indicio de disgusto o miedo hacia el animal. A continuación, cada vez que el bebé intentaba acariciar o acercarse a la rata, se producía un fuerte ruido que le asustaba y le hacía llorar. Así mismo, se consiguió generar miedo en el bebé con tan solo ver a la rata u a otros animales similares.
Ambos experimentos, constituyen la teoría de Condicionamiento Clásico, en la que a través de un proceso de emparejamiento repetitivo, se aprende a conectar los estímulos y respuestas incondicionadas (EI, RI) hasta que el estímulo neutro (EN) se convierte en un estímulo condicionado (EC), que genera una respuesta condicionada (RC).
La llamada "Caja de Skinner", tenía como objetivo investigar cómo los animales aprenden a asociar sus acciones con consecuencias específicas, lo que se conoce como condicionamiento operante. Skinner diseñó una caja en la que se generaban diferentes estímulos para estudiar el comportamiento de una rata. Se le proporcionaba un refuerzo para que repitiera determinada conducta, o un castigo para que la detuviera. Tanto los refuerzos como los castigos pueden ser positivos como negativos, de manera que las cuatro posibles opciones para condicionar el comportamiento son las siguientes:
Conductismo en educación infantil
En cuanto a la aplicación del conductismo en la educación, y más concretamente en la educación infantil, a pesar de ser una teoría que se empezó a desarrollar hace más de un siglo, actualmente podemos encontrar muchos aspectos de nuestro sistema educativo que se relacionan directamente con esta corriente.
Una de las principales características de la educación, (tanto formal como no formal) es la cultura del castigo. Si bien es cierto que es necesario aprender que toda acción tiene sus consecuencias, muchas veces se castigan conductas y no se produce ningún aprendizaje significativo a través de dicho castigo, o en el peor de los casos, se puede generar cierto miedo a los castigos o a la figura de autoridad. Es necesario que los niños comprendan
POR QUÉ lo que han hecho está mal y es de gran importancia que les guiemos hacia
CÓMO pueden hacerlo mejor la próxima vez.
Los niños están hartos de escuchar que se tienen que portar bien, pero a lo mejor no saben qué es eso de portarse bien si nadie se ha molestado en explicárselo. No sirve de nada castigar por castigar, y sirve menos aún, castigar conductas que son completamente normales y necesarias a ciertas edades solo porque nos pueden parecer molestas. Aunque resulte complicado ya que así ha sido el aprendizaje que muchos hemos recibido, poco a poco vemos que la autoridad, los castigos y los gritos, perjudican más de lo que benefician.

Por otro lado, tampoco se debe abusar de los refuerzos positivos o generaremos una dependencia en la que solo se produce aprendizaje si incluye algún tipo de premio. Es muy frecuente el uso de pegatinas, puntos extra, o incluso chuches o comida para reforzar el buen comportamiento, pero como todo, es bueno en su justa medida. Si constantemente premiamos todo lo que hace un niño, acabará perdiendo el interés, pues su aprendizaje se mecaniza y se convierte en algo pasivo, y cuando el refuerzo desaparezca, la conducta "aprendida" desaparecerá con él. Además, ¿Qué es lo que realmente estamos premiando?, ¿que no llore?, ¿que sea el primero en acabar la tarea?, ¿que no se equivoque?, ¿que no se enfade?. Y si, ocurre alguna de estas cosas, ¿Ya no merece un premio?
Quizá la complejidad de educar resida en encontrar el equilibrio entre aquello que potencie la motivación, el desarrollo y la autonomía, sin condicionar y controlar su cerebro para conseguirlo.
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